Este fin de semana es la boda de Magali y Benoit en Montréal. Y, a pesar de que hace tres meses que pedí permiso para ir, voy a faltar a la cita. Mi jefe está de vacaciones en México y alguien tiene que quedarse en la oficina. Hace tres meses accedió al permiso, más tarde lo retiró. Y como él es el jefe, él es quien manda.
Por supuesto yo entiendo la situación. Sin embargo, me indigna tener que faltar a una boda a finales de julio por esa razón. Básicamente porque en el resto de oficinas no habrá nadie y deberé conformarme con dejar mensajes en sus (de por sí llenos) buzones de voz.
Con un poco de suerte alguna secretaria responderá haciendome saber que su extremadamente importante y ocupado jefe estará de vacaciones hasta mediados de agosto (vaya, como el mío). Y me tratará como a otra secretaria más: con desdén y apatía. Creo que algún día tendré que hacerles saber que mi rango es el de productora asociada, aunque la mayoría del tiempo no lo parezca.
En fin, ayer en un arrebato decidí arriesgarme y comprar los billetes de avión para ir a la boda, siempre respetando los horarios laborales a los que mi "no contrato" está atado. Entré en una de las múltiples páginas que ofrecen las mejores ofertas y tras modificar unas siete veces la búsqueda realicé la compra. Perfecto! Que alegría! Tenía el comprobante en la mano y estaba a punto de saltar de la emoción: salía de Newark a las nueve de la noche y llegaba a Montréal a las diez. En una hora estaría en la fiesta de la boda... Pero de repente mi alegría se convirtío en nerviosismo. La vuelta era a las seis de la mañana pero no del lunes sino del domingo! Con lo que no podría celebrar el cumpleaños de Martin con dos grupos de amigos con los que ya habíamos quedado!
Llamé a mi banco para que rechazasen la transacción. Me dijeron que no habría ningún problema porque por suerte acababa de recibir mi nueva targeta de crédito y todavía no la tenía activada. "Muchas gracias, acabas de alegrar mi tarde, Jorge". Sí, mi banco tiene línea de atención al cliente en español y hay que reconocer que una se desenvuelve mejor en su idioma cuando no sabe si va a tener que empezar a gritar a alguien...
Esta mañana, sin embargo, he sufrido uno de los momentos más intensos de la historia de las compras electrónicas. Al abrir mi email tenía un comprobante de la agencia de viajes comfirmando mi compra. "Que qué?". Casi me caigo de la silla. Cuatrocientos cincuenta y cuatro dólares que iban a desaparecer de mi cuenta! Dónde estaba Jorge en esos momentos?
He llamado de nuevo a Wachovia. Esta vez he hablado con Juan. "Señolita, esa tlansacción se declinó pero para estal segura tiene que llamar a la agencia", me suelta en su acento puertorriqueño. De verdad, entre los nervios y que no pronunciaba las erres pensé que habría sido mejor hablar en inglés...
Llamada. Espera. Llamada. Espera. Finalmente hablo con alguien. Le explico mi problema. Y me dice que ella no puede ayudarme. Que le pasará mis datos al departamento pertinente y que antes de la tarde me llamaran para resolver el problema. Yeah, sure...
Pues sí, al cabo de una hora me llama Olivia, esta vez en inglés. Pero, bueno, como voy a querer chillar a alguien que devuelve mi llamada tan pronto? We don't need Spanish, no need to be assertive! Me explica que mi compañia activó mi targeta y aceptó la transacción pero que como la gestión había sido hecha hacía menos de veinticuatros horas, que podía cancelar el billete y sólo debería pagar diez dólares. Ok, that's all right... Puede que dijese eso, aunque en realidad quería matar a Jorge y a Juan...
Otra persona después de la aventura habría decidido dejar las compras para otro día. No obstante, yo soy media boba y masoquista asi que me he puesto a comprar de nuevo. Aunque esta vez dispuesta a leer todas las letras de la pantalla. Y, finalmente, lo he conseguido. He comprado los billetes aunque no iré a la boda. Salgo el sábado a las tres de la tarde (y llegaré justo a la cena de cumpleaños de Martin en casa de su hermana). Podremos ir de brunch con Alex y Yannick el domingo. Y cenar con Luc y Benoit más tarde. El vuelo de vuelta, esta vez si que es para el lunes a las seis de la mañana.
El precio: ciento ochenta y cinco dólares. Puede que estuviese predestinada a no comprar el otro, pero creo que los nervios que he pasado me han hecho perder minutos de vida...
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario