Martin cumplió ayer veintiseis años. No me lo puedo creer. Estabamos hablando en el camping en Vermont de cuando nos conocimos y ya ha pasado tanto tiempo que podemos considerarnos una old couple. Hasta ahora no me habia dado cuenta de que yo me encuentro en el limbo de la post-adolescencia y él, cada día, está más cerca de ser un adulto. La treintena se nos viene encima y continuamos perdiendo el tiempo en largas esperas, que nos roban minutos, preciados segundos.
Ayer mi vuelo salió con retraso. Primero de dos horas, en las que el aeropuerto de Burlington parecía anclado en el tiempo. Cuando, finalmente, nos dejaron subir al avión estuvimos otra hora esperando a despegar para que nos desalojasen de nuevo. De nuevo, nos llevasen a la sala de espera y, tras otra hora meditando why am I still taking planes, nos redirigiesen a la avioneta apelada avión para finalmente volar a Nueva York.
Llegué a casa a las dos de la madrugada. Cuando se suponía que debería haber llegado sobre las nueve y media.
Mientras Martin y yo cenábamos a todo prisa por miedo a perder el avión (ilusos, me pregunto si alguien todavia siente ese miedo alguna vez...) hablamos de nuestro futuro. Es decir, mi futuro en Nueva York. Y mas tarde a mi me dio por pensar...
Es realmente necesario perder nuestro tiempo en salas de espera? En interminables viajes para disfrutar de tan solo unas horas juntos? Realmente compensa tener una carrera en Nueva York pero estar sola? Lo sé, después de un año aquí, por fin, he conseguido tener un grupo de amistades con el que me siento a gusto. Pero me sigue faltando lo esencial: la familia, ahora esparcida entre España y Canada.
Martin entiende que haya aplazado mi mudanza a Ottawa durante seis meses. Ahora tengo que decidir si realmente vale la pena aplazarla de nuevo. Ahora mismo, cuestiono esa opción. Seguramente no.
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