miércoles, 18 de julio de 2007

And Manhattan collapsed...

Las seis de la tarde, a media hora de salir de la oficina. Una gran explosión hace que desvíe los ojos de la pantalla del ordenador. Y la veo. Una gran cortina de humo se levanta en frente de mi ventana. Casi sin pensarlo cojo el bolso y salgo corriendo al despacho de Lluís. Él trabaja de espaldas a los ventanales pero ha oido el estruendo. Mientras entro en la habitación se da la vuelta y salta de la silla. Corremos escaleras abajo los veinticinco pisos. La calle es un hormiguero. Gente gritando, llorando, corriendo en todas direcciones, huyendo de los recuerdos.

Nadie sabe qué ha pasado. Hay cenizas en el aire y cuesta respirar. El metro ha suspendido su servicio y los taxis no admiten pasajeros. Tan solo huyen de la zona tan rápido como pueden. Los pocos coches que aún circulan no respetan a lo peatones y se abalanzan sobre las terrazas de los restaurantes. La zona que rodea mi edificio ha sido evacuada y coches de policia cortan el acceso a las oficinas. Nadie sabe qué ha pasado pero se habla de una bomba en la Embajada de Afganistan.

Dos horas más tarde las autoridades esclarecen lo sucedido. El metro sigue sin funcionar pero ahora por causas justificadas: un transformador explotó en Gran Central Station (Lexington con la 42). Cinco líneas han quedado inutilizadas. La gente sigue intranquila y a pesar de que no ha habido víctimas físicas, las secuelas psicológicas se verán mañana. Risas nerviosas me acompañan en el viaje de vuelta a casa. Aunque no viví el 11S en persona, como algunos de los presentes, ahora sé que la histeria colectiva te arrastra, en Manhattan.

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